Si se quiere hablar de ciencia y poder, entendemos que se quiere hablar de las relaciones entre la ciencia y el poder. Para empezar, creemos que sería útil definir, por ejemplo, los ámbitos geográficos, conceptuales, institucionales, prácticos, metodológicos, desde los que se intentaría pensar en estas dos entidades y en sus relaciones.
La ciencia es una actividad compleja, rica en peculiaridades, que es ejercida por personas que, de maneras en general muy regularizadas, son reconocidas como capaces para practicarla.
El poder es una capacidad para tomar decisiones. Esta capacidad puede ejercerse a niveles individuales o de grupos más o menos numerosos, pero para ser eficiente siempre requiere algún tipo de reconocimiento.
Si se aceptan, aunque sea en forma provisoria, estas definiciones, se ve que estamos tratando de analizar las relaciones entre dos componentes muy diferentes de nuestra realidad presente, pero que, a pesar de esas grandes diferencias, tienen hoy interacciones por demás fuertes.
Esto ha sido siempre así. Ya en los principios de la actividad científica, quienes desagradaban a los poderosos podían enfrentar problemas, a veces leves, a veces muy graves. Las historias que se conocen datan de tiempos tan tempranos como los de Sócrates, y tienen una continuidad que llega a la actualidad: Galileo, Giordano Bruno, Descartes, Voltaire, Marx. Uno de los contraejemplos sería Hegel.
J.R. Oppenheimer, el director del proyecto de construcción de las primeras dos bombas atómicas operativas, es un ejemplo famoso y más reciente. Aclamado como héroe al principio, entró en una severa crisis de conciencia al conocer los resultados de los bombardeos en Japón, y se opuso en forma terminante al desarrollo de las bombas de fusión. Por ello fue relevado de sus cargos y volvió a su comparativamente oscuro trabajo de profesor universitario, aunque siguió siendo bastante más que eso.
Aquí, en la Argentina, mientras conmemoramos la “Noche de los Bastones Largos”, todos los días vemos en los diarios noticias que hablan de los problemas que científicos e intelectuales de todo tipo han tenido con distintos gobiernos.
Los intelectuales en general, incluyendo en este grupo a científicos y artistas, siempre dependieron, salvo en casos muy especiales, de alguien que pagase sus gastos. El mecenazgo aparece tempranamente como una de las actividades de los poderosos, y a partir del Renacimiento europeo se hace cada vez más importante y, en muchos casos, exigente.
La aparición de las universidades intermedia en esta relación, pero en general no la desnaturaliza. El poder, sea estatal o privado, sigue siendo quien, en buena parte, financia a través de diversas organizaciones en cuya gestión siempre interviene en alguna forma. De este modo, son estas organizaciones las que actualmente se han ido encargando de la relación con las ciencias.
Un tema que consideramos muy importante pero que, por su densidad, sólo dejaremos enunciado en este trabajo es la necesidad de analizar las motivaciones que el poder, todos los poderes, tienen para dar un apoyo económico tan importante como el que se registra en los países centrales.
Pensamos que el solo hecho de enunciar el tema indica que no creemos que el motivo sea sólo el bien de la humanidad.
Cómo se construye el reconocimiento en ciencia
La construcción del reconocimiento de una persona o un grupo de personas como productores de conocimiento científico es un proceso complejo que insume tiempos prolongados. A niveles personales ese reconocimiento exige haber cumplido un aprendizaje que, en total y para personas normalmente inteligentes e interesadas, puede requerir al menos unos 17 años desde que se ingresa a la escuela elemental hasta que se inicia una carrera de investigador. El interesado termina así su etapa de estudiante, y siendo reconocido como profesional, puede incorporarse a un grupo e iniciar sus tareas de productor de conocimiento científico. Como se sabe, los resultados de su trabajo se materializan en general en publicaciones que se someten a la evaluación de sus pares, investigadores expertos en el tema que analizan dichas conclusiones y las ofrecen para su discusión por la comunidad científica. Como el investigador, actualmente, pocas veces trabaja en soledad, el análisis crítico de su trabajo también afecta al grupo en el cual se desempeña y el mayor o menor reconocimiento del trabajo personal influye en el reconocimiento del grupo.
Este proceso que describimos en forma en realidad bastante superficial, no está pensado con criterios de economía de tiempo ni de trabajo. Busca esencialmente asegurar la excelencia del trabajo y de sus resultados. Incluye, por supuesto, una cuidadosa selección de las personas que lo llevan a cabo, pero es una selección basada en los resultados. Hay, en general, alguna forma de selección para entrar, y todo el proceso es una selección permanente.
Cómo se construye el reconocimiento del poder
Hay un dicho famoso de algún político de éxito: “Lo peor que se puede hacer con el poder es no ejercerlo”.
Es así, porque el reconocimiento del poder se construye ejerciéndolo. Y esto es así empezando por los niveles más estrictamente personales. Si una persona está en una situación de aislamiento, como Robinson Crusoe en su isla, o las víctimas reales de accidentes de este tipo, y piensa que quiere hacer algo, es porque siente que tiene el poder para hacerlo. A continuación puede renunciar a intentarlo suponiendo que va a fracasar, o decidir ejercer ese poder. Si lo hace, el primer resultado será que ha ejercido ese poder que suponía tener, con lo que demuestra, se demuestra a sí mismo, que su poder existe, porque se plasma en acción, independientemente de los resultados que obtenga.
Con esto, sólo con esto, ha construido su reconocimiento de su poder.
El no intentar genera impotencia. Al intentar se reconoce el poder de realizar la acción, el poder de volver a intentar, y eventualmente el poder de obtener un resultado.
En una situación más normal de vida en compañía de otros, el proceso de reconocimiento puede empezar del mismo modo, sólo que, al ejercer ese poder individual, totalmente íntimo, puede ocurrir que otros también lo reconozcan, con lo que el poder que esa persona ejerce va alcanzando a uno o varios grupos y cambiando, poco a poco, sus dinámicas. Así empezaría, a niveles de grupos quizá pequeños, familiares, de amigos, barriales, laborales, la construcción del reconocimiento de alguna forma de poder enraizado en relaciones de diverso tipo, pero en las que juegan en general tanto elementos intelectuales como afectivos, y muchas veces también variedades de intereses.
Pero esta construcción del reconocimiento se produce a escala pequeña o muy pequeña.
La construcción a escalas mayores, sean públicas, empresariales o institucionales, es un proceso político, que busca afectar a mucha gente, que utiliza medios de todo tipo, la ayuda de profesionales especializados, incluyendo a científicos sociales, y que requiere el manejo de fondos importantes. Y que suele estar regida por leyes diseñadas para garantizar la legitimidad de ese reconocimiento.
La realidad de las interacciones
Cuando Lavoisier fue juzgado y condenado a muerte durante la Revolución Francesa, trató de defenderse refiriéndose a la importancia de sus investigaciones. El juez le respondió que la Revolución no necesitaba químicos, y el profesor, que era un aristócrata, fue devorado por la guillotina. En el período del Terror, todos los aristócratas eran enemigos mortales, y durante el “Viejo Régimen” los científicos “servían” para poco más que inventar armas y entretener con sus especulaciones a los poderosos mejor educados.
Ya con Napoleón las cosas empezaron a cambiar, en particular pero no únicamente en lo que se refería a las aplicaciones de la ciencia. La historia de estas interacciones, como toda historia, tiene sus interesantes idas y vueltas, pero es demasiado larga para seguir ocupándonos de ella en este trabajo.
Ocupémonos del hoy. El mundo está dividido en países ricos (algunos más, otros menos), países mucho menos ricos pero que buscan el crecimiento económico, y países pobres y miserables. En todas partes, la investigación básica depende, directa o indirectamente, de inversiones del Estado. Si el Estado es muy pobre, no hay investigación básica.
La financiación de la investigación aplicada también depende, como hemos dicho, del Estado en forma directa o indirecta, pero no siempre ni en todas partes en su totalidad. En los países con más tradición científica, y con economías saludables, también hay organizaciones no estatales que aportan fondos para temas de su interés.
La ciencia es una actividad compleja, rica en peculiaridades, que es ejercida por personas que, de maneras en general muy regularizadas, son reconocidas como capaces para practicarla.
El poder es una capacidad para tomar decisiones. Esta capacidad puede ejercerse a niveles individuales o de grupos más o menos numerosos, pero para ser eficiente siempre requiere algún tipo de reconocimiento.
Si se aceptan, aunque sea en forma provisoria, estas definiciones, se ve que estamos tratando de analizar las relaciones entre dos componentes muy diferentes de nuestra realidad presente, pero que, a pesar de esas grandes diferencias, tienen hoy interacciones por demás fuertes.
Esto ha sido siempre así. Ya en los principios de la actividad científica, quienes desagradaban a los poderosos podían enfrentar problemas, a veces leves, a veces muy graves. Las historias que se conocen datan de tiempos tan tempranos como los de Sócrates, y tienen una continuidad que llega a la actualidad: Galileo, Giordano Bruno, Descartes, Voltaire, Marx. Uno de los contraejemplos sería Hegel.
J.R. Oppenheimer, el director del proyecto de construcción de las primeras dos bombas atómicas operativas, es un ejemplo famoso y más reciente. Aclamado como héroe al principio, entró en una severa crisis de conciencia al conocer los resultados de los bombardeos en Japón, y se opuso en forma terminante al desarrollo de las bombas de fusión. Por ello fue relevado de sus cargos y volvió a su comparativamente oscuro trabajo de profesor universitario, aunque siguió siendo bastante más que eso.
Aquí, en la Argentina, mientras conmemoramos la “Noche de los Bastones Largos”, todos los días vemos en los diarios noticias que hablan de los problemas que científicos e intelectuales de todo tipo han tenido con distintos gobiernos.
Los intelectuales en general, incluyendo en este grupo a científicos y artistas, siempre dependieron, salvo en casos muy especiales, de alguien que pagase sus gastos. El mecenazgo aparece tempranamente como una de las actividades de los poderosos, y a partir del Renacimiento europeo se hace cada vez más importante y, en muchos casos, exigente.
La aparición de las universidades intermedia en esta relación, pero en general no la desnaturaliza. El poder, sea estatal o privado, sigue siendo quien, en buena parte, financia a través de diversas organizaciones en cuya gestión siempre interviene en alguna forma. De este modo, son estas organizaciones las que actualmente se han ido encargando de la relación con las ciencias.
Un tema que consideramos muy importante pero que, por su densidad, sólo dejaremos enunciado en este trabajo es la necesidad de analizar las motivaciones que el poder, todos los poderes, tienen para dar un apoyo económico tan importante como el que se registra en los países centrales.
Pensamos que el solo hecho de enunciar el tema indica que no creemos que el motivo sea sólo el bien de la humanidad.
Cómo se construye el reconocimiento en ciencia
La construcción del reconocimiento de una persona o un grupo de personas como productores de conocimiento científico es un proceso complejo que insume tiempos prolongados. A niveles personales ese reconocimiento exige haber cumplido un aprendizaje que, en total y para personas normalmente inteligentes e interesadas, puede requerir al menos unos 17 años desde que se ingresa a la escuela elemental hasta que se inicia una carrera de investigador. El interesado termina así su etapa de estudiante, y siendo reconocido como profesional, puede incorporarse a un grupo e iniciar sus tareas de productor de conocimiento científico. Como se sabe, los resultados de su trabajo se materializan en general en publicaciones que se someten a la evaluación de sus pares, investigadores expertos en el tema que analizan dichas conclusiones y las ofrecen para su discusión por la comunidad científica. Como el investigador, actualmente, pocas veces trabaja en soledad, el análisis crítico de su trabajo también afecta al grupo en el cual se desempeña y el mayor o menor reconocimiento del trabajo personal influye en el reconocimiento del grupo.
Este proceso que describimos en forma en realidad bastante superficial, no está pensado con criterios de economía de tiempo ni de trabajo. Busca esencialmente asegurar la excelencia del trabajo y de sus resultados. Incluye, por supuesto, una cuidadosa selección de las personas que lo llevan a cabo, pero es una selección basada en los resultados. Hay, en general, alguna forma de selección para entrar, y todo el proceso es una selección permanente.
Cómo se construye el reconocimiento del poder
Hay un dicho famoso de algún político de éxito: “Lo peor que se puede hacer con el poder es no ejercerlo”.
Es así, porque el reconocimiento del poder se construye ejerciéndolo. Y esto es así empezando por los niveles más estrictamente personales. Si una persona está en una situación de aislamiento, como Robinson Crusoe en su isla, o las víctimas reales de accidentes de este tipo, y piensa que quiere hacer algo, es porque siente que tiene el poder para hacerlo. A continuación puede renunciar a intentarlo suponiendo que va a fracasar, o decidir ejercer ese poder. Si lo hace, el primer resultado será que ha ejercido ese poder que suponía tener, con lo que demuestra, se demuestra a sí mismo, que su poder existe, porque se plasma en acción, independientemente de los resultados que obtenga.
Con esto, sólo con esto, ha construido su reconocimiento de su poder.
El no intentar genera impotencia. Al intentar se reconoce el poder de realizar la acción, el poder de volver a intentar, y eventualmente el poder de obtener un resultado.
En una situación más normal de vida en compañía de otros, el proceso de reconocimiento puede empezar del mismo modo, sólo que, al ejercer ese poder individual, totalmente íntimo, puede ocurrir que otros también lo reconozcan, con lo que el poder que esa persona ejerce va alcanzando a uno o varios grupos y cambiando, poco a poco, sus dinámicas. Así empezaría, a niveles de grupos quizá pequeños, familiares, de amigos, barriales, laborales, la construcción del reconocimiento de alguna forma de poder enraizado en relaciones de diverso tipo, pero en las que juegan en general tanto elementos intelectuales como afectivos, y muchas veces también variedades de intereses.
Pero esta construcción del reconocimiento se produce a escala pequeña o muy pequeña.
La construcción a escalas mayores, sean públicas, empresariales o institucionales, es un proceso político, que busca afectar a mucha gente, que utiliza medios de todo tipo, la ayuda de profesionales especializados, incluyendo a científicos sociales, y que requiere el manejo de fondos importantes. Y que suele estar regida por leyes diseñadas para garantizar la legitimidad de ese reconocimiento.
La realidad de las interacciones
Cuando Lavoisier fue juzgado y condenado a muerte durante la Revolución Francesa, trató de defenderse refiriéndose a la importancia de sus investigaciones. El juez le respondió que la Revolución no necesitaba químicos, y el profesor, que era un aristócrata, fue devorado por la guillotina. En el período del Terror, todos los aristócratas eran enemigos mortales, y durante el “Viejo Régimen” los científicos “servían” para poco más que inventar armas y entretener con sus especulaciones a los poderosos mejor educados.
Ya con Napoleón las cosas empezaron a cambiar, en particular pero no únicamente en lo que se refería a las aplicaciones de la ciencia. La historia de estas interacciones, como toda historia, tiene sus interesantes idas y vueltas, pero es demasiado larga para seguir ocupándonos de ella en este trabajo.
Ocupémonos del hoy. El mundo está dividido en países ricos (algunos más, otros menos), países mucho menos ricos pero que buscan el crecimiento económico, y países pobres y miserables. En todas partes, la investigación básica depende, directa o indirectamente, de inversiones del Estado. Si el Estado es muy pobre, no hay investigación básica.
La financiación de la investigación aplicada también depende, como hemos dicho, del Estado en forma directa o indirecta, pero no siempre ni en todas partes en su totalidad. En los países con más tradición científica, y con economías saludables, también hay organizaciones no estatales que aportan fondos para temas de su interés.
la ciencia y la politica estan muy relacionadas entre si ya que una esta estrechamente ligada a la otra.
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